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La tuna es lo peor de lo peor. Qué difícil es viajar a cualquier país europeo y no toparte una noche con este coñazo de peña, sin encontrar la forma de evadirte de ellos. Con todo, lo peor es que se creen los primeros de la clase, los más guapos, simpáticos… y, por supuesto, los que más y mejor ligan. Piensan que enseguida son reconocidos y caen bien a todo (y en todo) el mundo: ¡qué lejos de la realidad! Intentar mantener ese -absolutamente rancio- status de los cachondos de la Universidad debe resultar tan plasta como ellos mismos. ¡¿Y la musiqueta bandurril?! ¡Que se vayan a paseo con sus clavelitos, pero a Honolulú!
Sin entrar en desprestigios personales (en la tuna hay de todo, y muy buena gente) la tuna como manada es una institución bastante falócrata, con tendencia a la doble moral (tener tu novia bien, segura en la madre patria, y trasegarte a “las guarras”), y con cierta inclinación a sacar ese burro nefasto que llevamos en los genes cada macho. Me saca cierta ventaja a las porcelanas Lladró, que son el icono de cierta burguesía muy cutre que se cree muy fina montando macrocelebraciones con tufillo imperial. Los mimos ni fú ni fá. Un saludo.
La tuna encabeza mi ranking. Lo tiene todo, la vestimenta, la música bandurriera, el tipo de la pandereta, el dar el tostón sin que nadie se lo pida… Les siguen de cerca los mimos. Mi repugnancia hacia los mimos no necesita más explicación que ver un mimo en acción. Y las figuritas. Dejando de lado su precio, según en que estado de ánimo hasta pueden hacerme gracia como objeto kitsch.
Saludos,